Radio Coctelera. Dr. Benway: Lo hora española

Volvemos a radiar otro programa del Dr. Benway. En esta ocasión nos acerca al libro Actas de la guerra social en el Estado Español (1868-1988) España en el corazón. Os Canganceiros, de la editorial Pepitas de Calabaza.

La teoría que mejor podía servir a la autonomía obrera no era el
anarco sindicalismo sino la teoría consejista. En efecto, la formación
de “sindicatos únicos” correspondía a una fase del capitalismo español
completamente superada en la que predominaba la pequeña empresa y una mayoría campesina subsistía al margen.

El capitalismo español estaba entonces en expansión y el sindicato era un organismo proletario eminentemente defensivo. Los que conocen la historia previa a la guerra civil saben los problemas que causó la mentalidad sindical cuando los obreros tuvieron que defenderse del terrorismo patronal en 1920-24, o cuando hubieron de resistirse a los organismos estatales corporativos que quiso implantar la Dictadura de Primo de Rivera; y también en el periodo 1931-33, cuando los obreros trataron de pasar a la ofensiva mediante insurrecciones. Organizar sindicatos en 1976, aunque fuesen “únicos”, con un capitalismo desarrollado y en crisis, significaba integrar a los trabajadores en el mercado laboral a la baja. Prolongar
la tarea de las Comisiones Obreras en el franquismo. El sindicalismo, si
se llamaba revolucionario, no tenía otra opción que actuar dentro del
capitalismo a la defensiva. La “acción directa”, la “democracia directa”
ya no eran posibles a la sombra de los sindicatos. Las condiciones
modernas de lucha exigían otra forma de organización de acuerdo con los
nuevos tiempos porque ante una ofensiva capitalista paralizada el
proletariado tenía que pasar al ataque. Las asambleas, los piquetes y
los comités de huelga eran los organismos unitarios adecuados. Lo que
les faltaba para llegar a Consejos Obreros era una mayor y más estable
coordinación y la conciencia de lo que estaban haciendo. En algún
momento se consiguió: en Vitoria, en Elche, en Gavá… pero no fue
suficiente. ¿En qué medida pues la teoría consejista en tanto que
expresión teórica más real del movimiento obrero sirvió para que “la
clase llamada a la acción” tomase conciencia de la naturaleza de su
proyecto indicándole el camino? En muy poca. La teoría de los Consejos
tuvo muchos más practicantes inconscientes que partidarios. Las
asambleas y los comités representativos eran órganos espontáneos de
lucha todavía sin conciencia plena de ser, al mismo tiempo órganos
efectivos de poder obrero. Con la extensión de las huelgas las funciones
de las asambleas se ampliaban y abarcaban cuestiones extra laborales.
El poder de las asambleas afectaba a todas las instituciones del Capital
y el Estado, incluidos los partidos y sindicatos, que trabajaban
conjuntamente para desactivarlo. Parece que los únicos en no darse
cuenta de ello fueron los propios obreros. La consigna “Todo el poder a
las asambleas” o significaba “ningún poder a los partidos, a los
sindicatos y al Estado”, o no significaba nada. Al no plantearse
seriamente los problemas que su propio poder levantaba, la ofensiva
obrera no acababa de cuajar. Los trabajadores podían con menos desgaste
renunciar a su anti sindicalismo primario y servirse de los
intermediarios habituales entre Capital y Trabajo, los sindicatos. En
ausencia de perspectivas revolucionarias las asambleas acaban por ser
inútiles y aburridas, y los Consejos Obreros, inviables. El sistema de
Consejos no funciona sino como forma de lucha de una clase obrera
revolucionaria, y en 1973 la clase volvía la espalda a una segunda
revolución.

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